Dadme sólo 3 días o hasta cuándo hay que luchar por tu empresa

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No recuerdo muy bien dónde, pero un día, hace ya mucho tiempo, leí que cuando Cristobal Colón iba camino de su primer viaje a América se produjo un motín en uno de sus barcos.

Después de 2 meses en alta mar, los marineros ya no creían en lo que Colón afirmaba con plena rotundidad: que conocía un camino más corto para llegar a la India que la famosa ruta de las especias. Sólo él creía ya en ello.

Los miedos, la incomodidad, las enfermedades… todo hacía mella en los tripulantes de las carabelas, por eso se negaron a seguir y obligaron a que el capitán diera la vuelta hacia España. Él contestó entonces: dadme sólo 3 días. Si al tercer día no habían avistado tierra, volverían a casa.

Los dos primeros días transcurrieron como siempre, sin sobresaltos, con el ánimo por los suelos, pero con la esperanza de volver muy pronto. Pero el tercer día, el 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana gritaba desde la cofa “tierra a la vista”.

Lo mismo le ocurrió al capitán Farragut en “20.000 leguas de viaje submarino”. Al 3º día se toparon por fin con su ansiado “monstruo”.

Es difícil no pensar en cómo hubiera cambiado la historia si Cristobal Colón no hubiera tenido esa fe ciega en si mismo y hubiese dado media vuelta. O lo rápido que se habría terminado el famoso libro de aventuras.

Para mi son dos ejemplos claro de la necesidad de creer en uno mismo y en nuestro objetivo. Da igual el objetivo que sea, tienes que tener fe en él.

Montar una empresa (al menos para los pequeños emprendedores) no es un camino de rosas. Es cierto que es muy gratificante y se vive con mucha ilusión, pero tiene también muchos momentos de tensión, dudas, miedos e inseguridades. Es importante que lo sepas, pero también es importante que recuerdes, sobre todo cuando crees que no puedes más, que si algo hace posible tu proyecto es tu fuerza de voluntad y tu fe en que saldrá adelante.

¿Pero cuándo sabes que sigue mereciendo la pena luchar? Hay días que lo ves todo tan negro o te sientes tan bajita de energía que no eres capaz de vislumbrar un futuro muy prometedor. Esos días de “tormeta” pasan, y cuando vuelve la calma, vuelves a sentir ese sentimiento de amor hacia tu trabajo, esas ganas de que salga adelante, esa entrega que te empuja a hacer las cosas bien, a crear.

¿Y cuándo parar?

Yo he sentido la necesidad de parar cuando dejo de conectar con ello. Cuando siento que lo hago ya no lo estoy haciendo con gusto o me pesa más que aporta. Cuando día tras día dejo de verle el lado bueno y positivo y el visualizarme sin esa carga me hace sentir liberada..

Eso es relativamente fácil de ver cuando la empresa está mal, pero ¿y qué pasa cuando tu empresa funciona pero eres tú la que no estás en armonía con ella? En este caso, mi consejo es que hagas balance y valores si quieres seguir y cambiar algo de tu empresa (para eso es tuya), si quieres venderla/traspasarla o simplemente cerrarla.

Si la empresa funciona y es rentable, siempre puedes sacar un beneficio de todo ese esfuerzo que has invertido durante tanto tiempo. El problema no es de la empresa, el problema está en que ya no te encuentras alineada con ella o que tus prioridades han cambiado. No te sientas mal por ello, el sentimiento de culpa no te hará tomar la mejor decisión. Todo en la vida va por etapas. Se cierran puertas, se abren ventanas. Algunas cosas que parecían muertas solo estaban “invernando” y resurgen con más fuerza que nunca y otras que parecían inmortales caen sin que nos demos cuenta.

Al final la respuesta (como en casi todo) está en nosotras mismas. Nos da miedo contestar muchas de las preguntas que nos hacemos porque sabemos la respuesta y no siempre es nuestra opción preferida. Pero si algo he aprendido en esto de emprender es que hay que ser valientes y confiar en el futuro.

¿Te has encontrado alguna vez con esta tesitura? ¿qué opción tomaste?

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